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[0421] • PÍO XII, 1939-1958 • DIGNIDAD, UNIDAD E INDISOLUBILIDAD DEL MATRIMONIO

De la Alocución A un alto, a unos recién casados, 22 abril 1942

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[1.–] No os será difícil, amados recién casados, elevar la mente a un alto concepto de la vida conyugal iniciada por vosotros, si atentamente, ayudados por vuestro devocionario, volvéis a considerar las conmovedoras ceremonias de las nupcias, en las que la sagrada liturgia está toda penetrada y resumida en la atadura que desde aquel momento viene a unir al esposo con la esposa. ¡Qué dulces pensamientos, qué ilusiones os han llevado hasta el altar santo! ¡Qué esperanzas y qué felices visiones han iluminado vuestros pasos! Pero aquel ligamen es uno e indisoluble. “Ego coniungo vos”, en el nombre de Dios, ha dicho el sacerdote, testigo cualificado de la unión que habéis realizado; y la Iglesia ha tomado bajo su protección y su tutela aquel vínculo contraído por vosotros, con la consagración y la fuerza de un sacramento, escribiendo vuestros nombres en el gran libro de los matrimonios cristianos, mientras como conclusión del rito nupcial había dirigido a Dios la invocación: “Ut qui te auctore iunguntur, te auxiliante serventur”, para que los que con tu autoridad se unen, con tu ayuda se salven (1).

1. Rit. Rom.

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[2.–] El vínculo conyugal es uno. Mirad en el paraíso terrenal, primera imagen del paraíso familiar, al primer vínculo establecido por el Creador entre el hombre y la mujer, del cual el Hijo de Dios encarnado dirá un día “Quod Deus coniunxit, homo non separet”, lo que Dios ató, ya no se atreva el hombre a separarlo; porque “iam non sunt duo, sed una caro”, ya no son los dos, sino una sola carne (2). En aquella unión de nuestros progenitores en el jardín de las delicias está todo el género humano, todo el futuro curso de las generaciones, que llenarán la tierra y lucharán para conquistarla, y con el sudor de su frente la rendirán para que dé un pan empapado en la amargura de la primera culpa, nacida en el fruto violado del Edén. Y, ¿por qué Dios ha unido en el Paraíso al hombre y la mujer? No sólo para que custodiasen aquel jardín de felicidad, sino también, digámoslo con las palabras de santo Tomás de Aquino, el gran Doctor, porque por el matrimonio estaban ordenados al fin de la generación y de la educación de la prole y además a una vida común de familia (1[3]).

2. Matth. XIX, 6.

1[3]. Cfr. S. Th. Suppl. q. 44 a. 1.

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[3.–] En la unidad del vínculo conyugal ved impreso el sello de la indisolubilidad. Es, ciertamente, un vínculo al cual inclina la naturaleza, pero que no está causado necesariamente por los principios de la naturaleza, sino que se realiza mediante el libre albedrío; pero si la simple voluntad de los contrayentes lo puede contraer, no lo puede desatar. Esto se dice no solamente de las nupcias cristianas, sino en general de todo matrimonio válido que se haya contraído sobre la tierra con el mutuo consentimiento de los cónyuges. El “sí”, que brotaba de vuestros labios por el impulso de vuestro querer, ata en vuestro derredor el vínculo conyugal y al mismo tiempo liga para siempre vuestras voluntades. Su efecto es irrevocable; su sonido, expresión sensible de vuestro consentimiento, pasa; pero el consentimiento mismo formalmente queda fijo, no pasa, es perpetuo, porque es consentimiento en la perpetuidad del vínculo, mientras que un consentimiento de vida solamente para algún tiempo entre los esposos no valdría para constituir el matrimonio. La unión de vuestros “sí” es indivisible; de donde no hay verdadero matrimonio sin inseparabilidad, ni hay inseparabilidad sin verdadero matrimonio (2[4]).

2[4]. Cfr. S. Th. Suppl. q. 41 a. 1; q. 49 a. 3.

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[4.–] Elevaos, pues, a lo alto con el pensamiento y recordad que el matrimonio no es solamente deber de naturaleza, sino que para las almas cristianas es un gran sacramento, un gran símbolo de la gracia y de una cosa sagrada, como lo son los desposorios de Cristo con la Iglesia, hecha suya y conquistada con su sangre, para regenerar a la nueva vida del espíritu a los hijos de los hombres que creen en su nombre, nacidos no de la sangre ni de la concupiscencia de la carne ni de querer de varón, sino de Dios (1[5]). El símbolo y la luz del sacramento, que, por decirlo así, arrastran más allá de la naturaleza al oficio de la naturaleza, dan al matrimonio una nobleza de sublime honestidad que comprende y reúne en sí no solamente la indisolubilidad, sino también todo lo que se refiere al significado del sacramento (2[6]).

1[5]. Io. 1, 12-13.

2[6]. Cfr. S. Th. Suppl. q. 49 a. 2 ad 4 et 7.

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[5.–] Pero si la voluntad de los esposos, cuando ya lo han contraído, no puede desatar el vínculo matrimonial, ¿podrá acaso hacerlo la autoridad, superior a los cónyuges, instituida por Cristo en la vida religiosa de los hombres? El vínculo del matrimonio cristiano es tan fuerte que si ha alcanzado su plena estabilidad con el uso de los derechos conyugales, ningún poder en el mundo, ni aun el nuestro, es decir, el del Vicario de Cristo, es capaz de romperlo. Es verdad que Nos podemos reconocer y declarar que un matrimonio contraído como válido en realidad era nulo, o por vicio substancial en el consentimiento o por defecto de forma substancial. Podemos también, en determinados casos y por graves motivos, disolver matrimonios privados del carácter sacramental. Podemos, finalmente, si hay una causa justa y proporcionada, desatar el vínculo de los esposos cristianos, el “sí” por ellos pronunciado ante el altar, cuando conste que no ha llegado a su cumplimiento con la actuación de la convivencia matrimonial. Pero, una vez que esto ha sucedido, aquel vínculo queda sustraído a cualquier ingerencia humana. ¿Por ventura Cristo no ha restituido la co munidad matrimonial a aquella dignidad fundamental que el Creador le había dado, en la paradisíaca mañana del género humano, y a la dignidad inviolable del matrimonio uno e indisoluble?

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[6.–] Jesucristo, Redentor de la humanidad caída, no había venido a abolir, sino a cumplir y a restaurar la ley divina; a verificar, como más legislador que Moisés, como más sabio que Salomón, como más profeta que los profetas, cuanto de Él había sido predicho, pronunciado semejante a Moisés, suscitado del pueblo de Israel, sobre cuyo labio el Señor había puesto su palabra, mientras que el que no le hubiese escuchado habría sido exterminado fuera del pueblo de Dios (1[7]). Por eso Cristo, con su palabra que no pasa, elevó en el matrimonio al hombre y realzó a la mujer, que los siglos anteriores habían rebajado a la condición de sierva y que el más austero censor de Roma había equiparado a una “naturaleza desenfrenada e indómito animal” (2[8]); como el mismo Redentor había en sí ensalzado no sólo al hombre, sino también a la mujer, tomando de una mujer la humana naturaleza y sublimando a su madre, bendita entre todas las mujeres, hasta hacerla espejo inmaculado de virtud y de gracia para todas las familias cristianas a través de los siglos, coronada en los cielos Reina de los ángeles y de los santos.

1[7]. Cfr. Deut. XVIII, 15 ss; Act. III, 22-23.

2[8]. T. Livi ab urbe condita l. XXXIV, cap. 2.

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[7.–] Jesús y María, con su presencia, santificaron las bodas de Caná; allí el Divino Hijo de la Virgen hizo el primer milagro, como para demostrar antes de tiempo que iniciaba su misión en el mundo y el reino de Dios por la santificación de la familia y la unión conyugal, origen de la vida. Allí comenzó la elevación del matrimonio, que debía levantarse al mundo sobrenatural desde las señales exteriores que producen la gracia santificante, como símbolo de la unión entre Cristo y su Iglesia (3[9]), unión indisoluble e inseparable, nutrida de aquel amor absoluto y sin fin, que brota del corazón de Cristo. ¿Cómo podría el amor conyugal ser y decirse símbolo de tal unión cuando fuera deliberadamente limitado, condicionado, desatable, cuando fuese una llama solamente de amor temporal? No: elevado a la excelsa y santa dignidad del sacramento, estampado y unido en tan íntima conexión con el amor del Redentor y con la obra de la redención solamente puede ser y afirmarse indisoluble y perpetuo.

3[9]. Eph. V, 32.

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[8.–] Frente a tal ley de indisolubilidad, las pasiones humanas en todos los tiempos, por ella frenadas y reprimidas en la libre satisfacción de sus desordenados apetitos, han procurado de todas las maneras sacudir el yugo, no queriendo ver en ella más que una dura tiranía que pesase arbitrariamente sobre las conciencias con insoportable peso, con una esclavitud en pugna con los sagrados derechos de la persona humana. Es verdad; un vínculo puede a veces constituir un gravamen, una servidumbre como las cadenas que atan al prisionero. Pero puede ser también una ayuda poderosa y una garantía segura, como la cuerda que ata al alpinista a sus compañeros de ascensión y como los ligamentos que unen las partes del cuerpo humano y le hacen expedito y franco en sus movimientos; y precisamente éste es el caso del vínculo indisoluble del matrimonio.

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[9.–] Esta ley de la indisolubilidad aparecerá y se entenderá como manifestación de vigilante amor maternal, especialmente si se la considera a la luz sobrenatural en que Cristo la ha puesto. En medio de las dificultades, de los roces, de las codicias que la vida acaso sembrará bajo vuestros pasos, vuestras dos almas, tan inseparablemente unidas, no se hallarán solas ni desarmadas: la omnipotente gracia de Dios, fruto propio del sacramento, estará siempre con ellas, para sostener a cada paso su debilidad, para endulzar todos los sacrificios, para confortarlas y consolarlas al prolongarse las pruebas, aun las más duras. Si para obedecer la ley divina fuere necesario rechazar las lisonjas de los goces terrenos, vislumbrados en la hora de la tentación y renunciar a “volver a hacerse una vida”, la gracia estará allí todavía para recordar, con toda su fuerza, las enseñanzas de la fe: es decir, que la única vida verdadera, que nunca hay que poner en peligro, es la del cielo, que precisamente con estas renuncias nos aseguramos; renuncias que son, como todos los sucesos de la vida presente, algo provisional, destinado sencillamente a preparar el estado definitivo de la vida futura, que será tanto más feliz y luminosa cuanto más valerosa y generosamente hayamos aceptado las inevitables aflicciones del camino de acá abajo.

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[10.–] Pero acaso se os ocurra decir: demasiado austeras son estas consideraciones, cuando todo nos sonríe en el sendero que se abre ante nosotros; ¿acaso nuestro amor, del cual estamos seguros, no nos garantiza ya la indefectible unión de nuestros corazones?

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[11.–] ¡Amados hijos e hijas! Recordad el aviso del Salmista (1[10]), si el Señor no guarda la ciudad, inútilmente se desvela el que la guarda. Aun esta ciudad, tan hermosa y fuerte, de vuestra presente felicidad, sólo Dios puede mantenerla intacta con su ley y con su gracia. Todo lo que es sencillamente humano es demasiado frágil y precario para que a sí mismo se baste; pero la fidelidad a los mandamientos divinos asegurará la inviolable constancia de vuestro amor y de vuestra alegría a través de los azares de la vida.

[FC, 275-280]

1[10]. Ps. CXXVI, 1.